Vivencias personales entre 1967 y 1974 en las fiestas patronales de Banyeres de Mariola


Manuel Soler Espí, Cura Párroco de Banyeres de Mariola desde 1967 a 1974 – Canónigo de la Catedral Basílica Metropolitana de Valencia

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Resulta sumamente gratificante tener la oportunidad de «contar las experiencias vividas a lo largo de mi presencia, durante siete años, en el para mí, entrañable pueblo de Banyeres».

Se podría decir, que desde lo alto de la Sierra Mariola, la visión y la experiencia de vida, que se tiene de la realidad y de la vida de un pueblo en FIESTA es tremendamente sugerente y abre, a los que en ella participan, horizontes cargados de ilusión, alegría y esperanza, que de verdad empapan el corazón y la vida de cada día, sintiéndose motivados, porque se van encontrando las razones principales para vivir, para amar y para esperar.

Y cuando todo un pueblo vive así su tarea de cada día, sabe encontrar las fuerzas que le mueven para saber discernir las verdaderas y hondas motivaciones de su trabajo diario, y el sentido profundo para vivir la fiesta desde sus raíces y desde su identidad más cierta y segura; por sus orígenes históricos que les definen como personas, como pueblo, en sus perfiles culturales, religiosos y cívicos. Estas eran y son sus señas de identidad, que le definen como pueblo, y le diferencian sobradamente entre los demás.

Cuando una persona, es «transportada» a un ámbito cultural y religioso de unas características, y rasgos y perfiles tan humanos y tan sencillos, que surgen y se descubren con toda sencillez, y casi sin esfuerzo, descubre la dimensión gratificante de la vida como un «don» recibido y compartido, que despierta casi espontáneamente la actitud de acción de gracias en su doble vertiente: la dimensión religiosa que le abre al infinito, y la dimensión humana, que le despierta a la fraternidad y solidaridad de fuerte raigambre cristiana. Y es aquí donde la persona empieza a experimentar unas vivencias que «marcan» profundamente el ser, el existir y el vivir. Cuando a alguien le ofrecen la oportunidad de realizar la misión fundamental, que como «vocación principal» va a dedicar su vida, en un ámbito tan cargado y lleno de historia humana, empieza a vivir y a saborear el sentido hondo de su vida y, el sentido, no menos profundo y «serio» de la vida, de los que con él se sienten peregrinos haciendo o realizando unos surcos cada vez más cercanos y fraternos en este mundo, lleno de la vitalidad inagotable, que brota del amor infinito, del Dios bueno, siempre cercano al hombre en todos sus empeños, propósitos y objetivos.

Llegados a este punto en la reflexión que venimos haciendo, uno no puede sustraerse a una especie de «confesar» una tras otra, como experiencias de vida, todas las vivencias, que en una época de su historia personal, hecha biografía humana, ha acontecido en su vida y que le ha llenado de alegría, de madurez, de admiración del acontecer humano, que va entretejiendo la propia existencia, en la que intervienen siempre como principales actores Dios y el hombre.

Y en esa acción y diálogo divino y humano, el hombre descubre «la presencia» de un Ser que le sobrepasa y le ofrece la fuerza que necesita, acompañado por la luz que le ilumina, para hacer el camino con sentido y darse cuenta de aquello tan expresivo del poeta: «caminante no hay camino, se hace camino al andar».

Yo diría que ésta fue, a mis treinta años, la experiencia primera y fuerte, que tuve la suerte de vivir en los primeros momentos de la misión y tarea confiada a realizar en Banyeres: «saber con una sabiduría humana, iluminada por la luz que viene de lo alto» que en la vida del ser humano no hay cosas hechas y sabidas, sino que todo es nuevo, que todo se va haciendo nuevo cuando va con el ánimo y la decisión, no sólo de «enseñar» sino con la ilusión de ser «testigo» de lo que ha vivido y experimentado en su vida, en la «escucha» atenta de la voz que siempre se oye en el corazón: la voz de Dios. ¡Qué gran pensamiento nos ofreció el Papa Pablo VI, cuando en su Exhortación Apostólica “Evangeli Nuntiandi” afirmaba: «Nuestro mundo necesita más testigos que maestros»”!. En el año 1967, cuando tuve la suerte de pisar por primera vez la tierra de Banyeres y sentirme enviado y portador de la Buena Noticia, experimenté que con los demás cristianos en aquella comunidad, tenía que hacer realidad lo de ser «testigo de una verdad, de una vida y de una presencia»; la presencia de Cristo resucitado, que lo haría todo nuevo, a partir de nuestra debilidad y fragilidad. Ser conscientes además que no éramos peregrinos solitarios, sino caminantes acompañados por el Viviente, Jesús resucitado, que hacía total¬mente nuevo todo: personas y cosas; que nos traía unos «cielos nuevos y tierra nueva».

Cuando llegaban los días de fiesta, por antonomasia las de moros y cristianos en honor de San Jorge, o también, en el mes de julio las de Santa María Magdalena, nos sentíamos espontáneamente trasladados a unos ámbitos totalmente nuevos, donde todo parecía «transformarse» en situaciones y estilos de vida que anhelábamos y deseábamos en lo hondo de nuestro ser. Y nos sentíamos todos más felices, porque habíamos encontrado los caminos que nos conducían a la consecución de lo que ansiosamente buscábamos durante todos los días del año, y, constatábamos, que sólo deteniendo la fatigosa carrera de las prisas y los afanes de este mundo, encontrábamos y gozábamos de lo que constantemente buscamos y que nos define: ser hombres y mujeres buscadores infatigables de felicidad.

Y entre esos ámbitos nuevos que surgían, con gran vitalidad y belleza, después de «desempolvar» el traje de fiesta para ir a «la comparsa o la fila» había tres que destacaban de forma singular: la alegría, la fraternidad y la solidaridad.

¡Cómo se notaba la alegría! Como que todos dejábamos en alguna habitación oscura de la casa, bien cerrada, la desilusión y la tristeza, y sustituíamos las caras «de funeral» como dice el Papa Francisco, por rostros sonrientes y transformados de alegría, para compartirla, viendo más los aspectos positivos de las personas y las cosas. Se hacía todo más ágil y hasta los problemas y dificultades nos presentaban rostros diferentes, porque nosotros estábamos anímicamente de modo nuevo y distinto.

El sentimiento de cercanía estaba más a flor de piel, y podríamos decir que los otros nos interesaban y nos importaban mucho. Desde el saludo hasta la conversación sosegada, todo estaba marcado por una sonrisa complacida, como que nos mirábamos y nos veíamos distintos y nuevos.

El contenido de la conversación no era nada protocolario, sino que estaba repleto de algo que hacía distendida la comunicación y nos relajaba. Estábamos, de verdad, muy contentos, y entre todos creábamos un ambiente de alegría, que como una fuerza emergente, llenaba, impregnaba todo el pueblo y el ambiente tan entrañable de cada una de nuestras familias. Podríamos decir que era algo que «se contagiaba» y se hacía experiencia solemne du¬rante esos días. Ahí tenemos una invitación, o una fuerte llamada, a pensar que somos nosotros, y no otras fuerzas, los protagonistas de VIVIR Y COMUNICAR ALEGRÍA.

La alegría, cuando se vive intensamente, desde un corazón generoso y abierto, viene a ser semejante a una esponja colocada junto a una fuente. Aparentemente está seca, pero si se la aprieta está rebosante de agua. Nuestra existencia ha de estar llena de vida y de alegría, ha de estar plantada junto a un «manantial de agua viva» según la expresión cristiana, que empapa la existencia propia y ayuda a llenar la vida de los demás. Desde esa fuente «de agua viva» se puede construir una nueva fraternidad.

Decíamos anteriormente, que hombre y mujer, desde su primera presencia en la historia, siempre han sido buscadores de felicidad. Con ella pueden ser creadores de estilos nuevos de vida, que propicien nuevas formas de relación, de cercanía, de amistad, y de diálogo, que constituyan lazos indelebles de amor entre las personas por lo que son, no por lo que tienen. Aparece así la verdadera y auténtica fraternidad humana, donde se consigne, que en la sociedad y en el mundo, hombres y mujeres vivan más fuertemente la experiencia humana, y el mundo deje de ser selvático, para ser más humano y así pueda ser, en el día a día, cada vez más cristiano.

Las fiestas de nuestro pueblo abrían un hermoso paréntesis a lo largo de todo el año, donde se paralizaban las habituales actividades cotidianas, para saborear otras vivencias, que nos ayudaban a entender, con nuevos y esperanzadores acentos, otros modos de realizar la existencia, que sin renunciar a lo cotidiano, nos abrían más abundantemente al sosiego, a la cordialidad, a la paz, y a tener una «mirada» más desde el corazón que desde la corporeidad.

El «otro» no es para mí un extraño o un adversario, sino que es mi hermano, que me ayuda a compartir la vida, y en ella compartir las bellezas y los bienes de este mundo, puestos por Dios para el disfrute de todos los hombres, de todos los pueblos, lenguas y culturas, en todos los tiempos y situaciones.

En ese COMPARTIR se pone de relieve, en nuestra vida, la dimensión solidaria de la existencia. No estamos pensados para la soledad, sino para la comunicación y la convivencia, en sus perfiles humanos y religiosos, que quedan bien acentuados en las fiestas.

Fue extraordinario, en aquellos años, no «contemplar» como espectador pasivo la fiesta, sino ser actor sereno y profundo en ella, para vivirla en toda su grandeza y hacerla cercana en sus raíces más profundas y en sus manifestaciones más populares a todos los que participaban de ella y en ella.

Había, y las hay en la actualidad, y eso da a nuestras fiestas, una singularidad de permanencia e íntima belleza, que ayuda a vivir con gran dulzura, con ternura y cariño, lo que para mí fue el tronco central de nuestras fiestas: el sentido humano y religioso (cristiano), que como un eje central atraviesa, cargado de sentimiento, cada uno de los días de estas celebraciones festivas. Y este eje central está constituido por tres hechos de capital importancia: La DIANA de cada mañana, casi al despuntar el día; EL DÍA ÚNICO E IRREPETIBLE de cada año: EL DÍA DEL CEMENTERIO, lo que es un hecho singular en nuestro pueblo, y que nos hace revivir con profundo sentimiento, y con una dosis de emoción humana, el pasado, el presente y el futuro de nuestra historia; y el ALMUERZO, sentados unos junto a otros, como un pueblo peregrino que se detiene unos instantes para alimentarse porque hay que proseguir el camino.

Yo diría que fueron y son los momentos más hondos y entrañables de estos días.

Podríamos resumir diciendo: que ALEGRÍA, FRATERNIDAD Y SOLIDARIDAD fueron las tres vivencias más serias y profundas en la propia existencia, que tuve la suerte de vivir en las fiestas de nuestro pueblo, y que son los tres ejes fundamentales del mensaje de Jesús, que haciéndolo cada vez más vivo y cercano en nuestra vida, hemos de comunicarlo con fuerza a los demás. Y en ese anuncio nos hemos de sentir evangelizadores de un mundo, de una sociedad que necesita más testigos que maestros. Que siempre disfrutéis de unas felices fiestas.