Los cipreses


Aleluya, Fulla parroquial nº 2111

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Hubo una novela muy famosa, en la década de los años 60, “Los cipreses creen en Dios”, de José Ma Gironella.

No vamos hablar hoy de esta obra sino del título. Porque el ciprés, en nuestra cultura, es una árbol con una simbología especial. Habitualmente aparece, en ermitas, cementerios, monasterios…

Hay una razón: El ciprés es un árbol que “mira al cielo”. “Siempre hacia arriba.” Y cuando más arriba más fino. Toda su amplitud se va quedando baja, cuando más sube hacia el cielo, mas se ha ido “despojando”, quedando solo en la guía central, “la vida”, que sube hacia Dios. Todo un símbolo para el hombre religioso, para los pueblos creyentes, para comunidades monásticas.

No es una planta, con flores hermosas, no es un arbusto junto al camino. Es un árbol recio, sobrio, elegante, sin cromatismos. Solo con el verde de la esperanza. De madera olorosa. Con hondas raíces en la tierra, pero siempre mirando al cielo. Habitualmente permanece en el tiempo. Es de larga vida. No es efímero.

Pero tiene otra característica vital. Es un árbol de acogida y protección. En él se refugian los pájaros del cielo de las aves de rapiña. Su estructura arbórea permite que las pequeñas aves encuentren en él cobijo y protección. Siendo al mismo tiempo impenetrable para las grandes rapaces.

Los cipreses tienen vida. Si los encontramos en los cementerios, nos hacen levantar los ojos al cielo. Nos dicen: Estos restos en la tierra vivirán junto al Señor. No hablan de muerte, sino de vida, y de vida eterna. Hablan de vida, tienen vida y si fueran humanos diríamos, sí, los cipreses no solo nos hablan de Dios sino que creen en Dios.