La oración de la pólvora


Mara Calabuig

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“Todo lo que es hermoso
tiene su instante y pasa”

Luís Cernuda

He querido que estos versos del gran poeta –de quien se cumple ahora el cincuentenario de su muerte – encabezara mi modesto escrito, porque pienso que plasma con absoluta nitidez el sentimiento que solemos experimentar cuando perdemos a un ser querido.

Se nos antoja entonces que su vida, larga o corta, ha sido demasiado breve y, al llevarse consigo tantas vivencias compartidas, acentúa el carácter fugaz de la existencia humana.

En ayuda o, mejor, en lucha contra estas sensaciones, se yergue uno de los actos más significativos y conmovedores de nuestras fiestas. Que es, a la vez, rotundamente singular, exclusivo, definitorio de una festividad de Moros y Cristianos, que en dicha conmemoración logra los momentos de mayor hondura.

Me refiero, claro está, a la visita al Cementerio y las salvas en honor y recuerdo a los que se fueron. Hace muchos años elegí este tema para mi primer artículo en un programa de Fiestas, profundamente impresionada por aquel peculiar homenaje de pólvora y rezos ante las tumbas. Entonces yo era una jovencísima estudiante, probablemente en mi primer curso de Universidad. Ahora, al paso del tiempo, valoro aún más esa manifestación colectiva de amor y añoranza, decidido gesto de oposición al olvido, que se materializa –muy acorde a la inveterada inclinación de nuestra tierra– en el lenguaje atronador de los arcabuces, sirviendo de contrapunto a plegarias y lágrimas. No hay instantes que puedan superar una emoción tan intensa. Y tan irreproducible.

Vivimos un tiempo en el que globalización y tecnologías contribuyen grandemente a un mimetismo que, consciente o no, facilita la apropiación de costumbres ajenas, la imitación, la homogeneización, a fin de cuentas. Más que nunca se impone el empeño en mantener la personalidad intransferible de las fiestas de San Jorge, que consiguen en ese acto del Cementerio un punto culminante y genuino.

El perfume de la pólvora en la serena quietud del camposanto se torna incienso que sube a lo alto y avanza sin obstáculos bajo el cielo. Quiero creer que no sólo llega a los difuntos cuyos restos descansan en el recinto, sino también a los otros banyerenses, los que murieron lejos de su pueblo. En el cementerio de Banyeres recibieron sepultura mis antepasados, algunos de ellos trasladados desde aquel pequeño y evocador “Cementerio viejo”; conservo amorosamente el crucifijo que presidía su remota lápida. Estoy segura de que el duelo, henchido de esperanza cristiana, que promueven nuestras fiestas en incomparable simbolismo, no conoce fronteras y movido por tantos corazones a la par puede alcanzar, en Valencia, la tumba de mis padres, tan arraigados a la patria chica de la familia entera. Es más, creo que cuando me llegue la hora final, esté donde esté, también para mí será una mínima parte de esa única, estremecedora, oración de la pólvora. No he nacido en Banyeres como todos mis ascendientes, pero, aun sin carácter oficial, me considero hija adoptiva desde lo más íntimo de mi ser.