La familia en las fiestas de Moros y Cristianos


José Miguel Hernández Zaragoza. Profesor y Festero

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1.- INTRODUCCIÓN

Se ha escrito mucho sobre la Fiesta de Moros y Cristianos, “La Fiesta”, y sería presuntuoso por mi parte pretender establecer un estado de la cuestión sobre este tema. Apenas pretendo, en este pequeña comunicación, esbozar algunas ideas generales que posiblemente serán repetición de conceptos desarrollados hace mucho por diversos investigadores, por lo cual les pido desde ya disculpas.

Empecemos diciendo que no existe fiesta de una persona ni existe sociedad sin fiestas. Posiblemente desde el origen de la humanidad, la fiesta es una expresión gregaria, un acto ritual de cohesión social, de identidad grupal, de referencia colectiva; en otras palabras, la fiesta es un referente básico de identidades nacionales, regionales, locales.

Las fiestas son, pues, integradoras de la sociedad, borran temporalmente las diferencias sociales, reproduciéndose en ellas los vínculos sustentatorios de la identidad grupal. Actos rituales, música, danza, comida, territorialidad: la fiesta es la máxima expresión conjunta de diversas expresiones del patrimonio cultural inmaterial.

Familia, y Fiesta quiere ser un binomio que partiendo de la familia se abre al mundo; en cambio, la Fiesta es un modo en el cual la familia habita el espacio y el tiempo. El hombre moderno ha inventado el tiempo libre pero ha olvidado la fiesta. La fiesta no es solo el momento de satisfacer los deseos sino el lugar del encuentro de los hombres. Frente al intento individualista y consumista del ocio, está el planteamiento genuinamente familiar abierto al infinito mundo de las relaciones y del encuentro.

Decían los primeros cristianos: “no podemos vivir sin el domingo”. En ello se encerraba una gran verdad. Para los cristianos sin el domingo nada tiene sentido, porque es precisamente del domingo de donde nace la nueva creación y desde donde todo alcanza un nuevo sentido. Y a partir de ahí, es donde la Fiesta y todas las fiestas adquieren el genuino sentido de la gratuidad, del don, del encuentro, del servicio, de la alegría, del ser con otro y para el otro. Pues bien, en este marco providencialmente rico, nos tendremos que limitar a la síntesis, sabiendo que todo lo que aquí digamos tiene como único objetivo el compartir la alegría de sentirnos Festeros al estilo familiar donde todos se sienten protagonistas activos, importantes y queridos.

La familia se configura, pues, como una referencia fundamental para el funcionamiento de la Fiesta, lo que ayuda a otorgar un carácter más “tradicional” a las mismas, en tanto que la familia es la supuesta garantía de la transmisión: no es difícil, al analizar el mundo de las asociaciones festeras, captar la existencia de lo que, adaptando la expresión de Cruces Roldán1 para el ámbito del flamenco, constituiría una especie de “síndrome genético”, consistente en afirmar que “llevamos esto en la sangre”. Hasta tal punto es importante esta ideología familiar, que no sólo no es infrecuente definir a la Comparsa o Filae como una familia2, la Familia Festera, sino que se atribuye a la misma tal importancia que, aún quien llegue a la asociación al margen de los vínculos familiares, puede acabar por crear su propia “tradición familiar”3.

Por otra parte, el papel de la familia no se agota con el modelo de transmisión de padres a hijos: sabemos que no es infrecuente que se apunte primero la hija o el hijo, lo que acaba llevando a los padres a adscribirse después a la Comparsa o Filae4. Este tipo de acceso es importante, pues, algunos afirman que “las tradiciones también pueden ser pasadas hacia arriba, desde los niños hacia los adultos”. Parece claro que no es ésa una modalidad aceptable desde ninguna de las definiciones de tradición que se manejan en ciencias sociales, ya que la tradición consistiría, por principio, en respetar la autoridad del pasado y, con él, la de los mayores. Así, y a diferencia del carácter consensual de la tradición en las sociedades tradicionales, la festera “tradición familiar” no deja de verse sometida a la interrogación rutinaria acerca de los fundamentos de su existencia. No obstante esto sería objeto de otro estudio que nos alejaría de nuestra pretensión, y no es otro que el afirmar como la Fiesta se impregna de valores familiares que le confieren un carisma especial.

2.- FIESTA: FAMILIA Y ENCUENTRO.

Parte de la emoción de la Fiesta es desearla, esperarla, prepararla y prepararse para ella, estar de Fiesta se aprende, es otro modo de decir que la Fiesta no se improvisa, como no se improvisa tener amigos. La amistad hay que crearla, también la Familia y la Fiesta, para las que son imprescindible el encuentro con el otro. López Quintas, afirma que “donde hay encuentro hay alegría y hay fiesta”5.

Las Fiestas son, pues, un momento, unos días especiales. Unos días que se espera con ilusión6. Un día esperado y preparado. Josef Pieper afirma que “trabajar y celebrar una fiesta viven de la misma raíz, de manera que si una se apaga, la otra se seca”7. Así, preparar una fiesta supone a veces mucho trabajo, esfuerzo recompensado por la alegría jolgoriosa o serena, según las épocas.

En el espacio familiar en el que vivimos con un cierto grado de incertidumbre, donde las consecuencias de lo que hacemos o dejamos de hacer están más allá de lo previsible, no tenemos más remedio que promover una conciencia de aprender a vivir en la novedad y en la sorpresa para hacer un proyecto habitable de vida familiar. Y en tanto que no somos autosuficientes, la vida familiar se constituye en una relación de reciprocidad asimétrica, en un intercambio no calculado de dar y de recibir. Por eso, la familia es espacio privilegiado en donde se hospeda el ser de la persona. Si la hospitalidad “responde a las características de esas experiencias éticas fundamentales que tejen la vida de los hombres”8 entonces la familia puede ser interpretada como la estructura de la recepción y del encuentro, de la acogida de nuestra condición humana como persona vulnerable, dependientes de cosas que no están a nuestra absoluta disposición y que, por ello, sufrimos y necesitamos de los demás en medio de la contingencia y la casualidad. Acoger en rigor es cuidar del otro para que se enfrente a la tarea de ejercer el oficio de ser persona en la sociedad9. Por eso, la acogida en la familia no se da por supuesta, desde unos principios de obligación moral, sino que es tarea de recibir a esta persona como es, renunciando a cualquier intento de instrumentalización por parte del padre o de la madre. “Por eso hay una obligación más profunda que la del deber, aunque por desgracia se nos haya educado en la cultura del deber. Hay una ‘obligación’ que nace cuando descubrimos que estamos ligados unos a otros y por eso estamos mutuamente obligados (…), y por eso nuestra vida no puede ser buena sin compartir la ternura y el consuelo, la esperanza y el sentido”10. Ser atento al otro y dar una respuesta a su llamada es el modo en que la familia vive en comunidad como espacio de alteridad.

Resulta imposible pensar una Comparsa o Filae en donde el otro no pueda ser acogido. Para el festero, la experiencia de ser acogido significa receptividad, apoyo y confianza; es sentir la presencia real del otro que se convierten en orientación, acompañamiento y guía. En una palabra: cuidado. De extraordinaria densidad antropológica y moral, el cuidado es una actitud de consideración y de acción hacia el otro, que no actúa de modo tiránico, sino que incluye sentimientos de preocupación, responsabilidad y afecto para atender a sus demandas. Es un sentimiento “cargado de razón” que se resuelve en comportamientos de atención y solicitud.

3.- LA FIESTA NOS AYUDA A VIVIR.

La Fiesta supone, una cierta “ruptura” con los espacios y tiempos normales, con la cotidianeidad, a través de lo cual pretendemos acceder a otra dimensión de la realidad o a instalarnos en la realidad de forma nueva. Cuanto más contrasta la fiesta con la vida normal que llevamos, más enriquecedora es; cuanto más se asemeja a lo que hacemos cada día, menos fiesta es. Y este contraste se manifiesta, de modo especial, con el exceso, la extravagancia, la desmesura, la sobreabundancia, la expansión de la libertad.

Todo ello, aunque también puede conllevar aspectos negativos, tiene muchos aspectos positivos, como son el que la fiesta nos ayuda a vivir, nos capacita para sobrellevar el peso del cotidiano existir, a superar las dificultades, a mirar el futuro con más ilusión, ánimo y esperanza. En una palabra, la Fiesta nos levanta por encima de las miserias de la existencia cotidiana, precisamente porque cuando hacemos fiesta nos elevamos por encima de las limitaciones de la condición humana. La diversión festiva, es cierto que puede distraernos del ideal, pero también nos permite volver a soñar con el ideal, renovar la ilusión de vivir.

La aplicación a la familia podemos hacerla de forma lógica y coherente con lo dicho. La Fiesta es necesaria para la familia, no sólo porque está compuesta de personas, sino también y de modo especial porque está compuesta de personas que comparten la totalidad de la vida en lo cotidiano y en lo extraordinario, en las alegrías y en las penas, en la continuidad y discontinuidad de un existir marcado por acontecimientos de diverso tipo. Una familia, lo mismo que una sociedad, no se constituye simplemente por individuos que la componen, o por el cargo y puesto que ocupan, o por los instrumentos que utilizan, o por el trabajo que desempeñan…, sino sobre todo por la idea o ideal que aquel grupo tiene de sí mismo y adopta como proyecto de vida. Si la familia es la escuela de la vida, la Fiesta es la escuela de la familia. En la Fiesta la familia redescubre la posibilidad de superar las vicisitudes de la vida, recupera el ideal que persigue.

4.- CARACTERISTICAS FAMILIARES DE LAS QUE SE IMPREGNA LA FIESTA DE MOROS Y CRISTIANOS.

4.1. La sociabilidad.

Además de las actividades específicamente destinadas a la organización, y celebración de la Fiesta, la Comparsa ó “Filàes” organiza otras, cuya finalidad consiste en fomentar y expandir la práctica de la sociabilidad y el espíritu festero: actos deportivos, culturales, excursiones, participación en concursos, celebración de verbenas y cenas, etc. Con todo lo cual la vida de la asociación se infiltra cada vez más en la vida cotidiana de sus miembros, irradiando desde el núcleo de la Fiesta hacia otros aspectos del tiempo libre y del calendario festivo. La amistad precede a la pertenencia a la institución en muchos casos, pero también se incrementa con ella, hasta el punto de que cuando alguno de los festeros ha de celebrar algún rito de paso, no suele olvidar a los demás, sino que les ofrece algún tipo de invitación.

4.2. Espacios de identidad e identificación.

Una de las funciones de la Fiesta más significativa y unánimemente reconocida es la de expresar simbólicamente el colmo de integración e identidad colectiva de la comunidad que lo celebra11. Toda celebración periódica de una fiesta denota la existencia de un determinado nivel de identificación y vivencia colectiva, constituye un indicador que permite evaluar la conciencia de adscripción a esa colectividad12. Las fiestas, y en particular las tradicionales, ritualizan de forma recurrente el particularismo, actualizando y reafirmando el sentimiento de formar parte de una comunidad y reproduciendo simbólicamente la identidad colectiva de ésta. Así lo puso de manifiesto Durkheim en Las formas elementales de la vida religiosa: «Todo nos conduce, pues, hacia la misma idea: los ritos son, ante todo, los medios por los que el grupo social se reafirma periódicamente… Hombres que se sienten unidos, en parte por lazos de sangre, pero aún más por una comunidad de intereses y tradiciones, se reúnen y adquieren conciencia de su unidad moral»13… «No puede haber sociedad -prosigue- que no sienta la necesidad de mantener y reafirmar, a intervalos regulares, los sentimientos colectivos y las ideas colectivas que constituyen su unidad y su personalidad»14.

Pero en la familia sabemos de identidad y de identificación ya que es fuente de reconocimiento parque es el espacio en el que empezamos a descubrir nuestra propia identidad. En la vida familiar empezamos a distinguir, clarificar y diferenciar todo lo que nos rodea, reconocer es conocer desde la familia.

4.3. Espacios de mutualidad y reciprocidad.

La familia es fuente de reconocimiento porque descubrimos que no somos únicos en el mundo, que nuestra identidad aparece en relaciones de mutualidad y reciprocidad. Reconocer en la familia no es sólo conocerse a uno mismo, sino descubrirse ante otro, junto a otro y a través del otro.

El reconocimiento familiar nos abre al mundo como espacio de relaciones mutuas y de reciprocidad, descubrimos un espacio común gracias al cual podernos saber quiénes somos de verdad, no por lo que reflexiva o internamente pretendamos como individuos, sino por el reconocimiento del que somos objeto. Como primer espacio de comunicación y primera red de relaciones comunales, en la vida familiar aprendemos el valor de la mutualidad y la reciprocidad. Descubrimos que el conocimiento de uno mismo no es posible sin el reconocimiento del otro, es decir, sin el espacio común o “entre” donde el otro también puede conocerse a sí mismo. Empezamos descubriéndonos “uno ante el otro” o “uno frente al otro” para llegar a ser “uno junto a otro”, o “uno con otro”, la alteridad nos abre las puertas a la mutualidad.

No es difícil observar que este espíritu de mutualidad y de reciprocidad se da en las Comparsas de Moros y Cristianos, tal vez no de una forma consciente, pero en la “Fila” desfilamos “uno junto a otro” y “uno con el otro” y no de una forma meramente física.

4.4. Espacios de diferenciación.

La familia es fuente de reconocimiento porque en ella nos singularizamos, nos diferenciamos, empezamos a descubrir lo que es más propio de cada uno de Jo que es más propio del padre, de la madre, de los abuelos o de cualquier otro miembro de la familia. La diferenciación familiar no es un proceso de separación o ruptura para romper una relación de mutualidad e igualdad. En la vida familiar descubrimos que la igualdad simple es una ficción o abstracción y que la única igualdad que respeta el valor de las personas y su singularidad es una igualdad compleja.

La igualdad simple es una igualdad formal donde a priori cada miembro de la familia tiene los mismos derechos y deberes, tiene las mismas obligaciones y responsabilidades. Según este principio de igualdad, se debería buscar un principio homogéneo para distribuir las responsabilidades, como si todas las responsabilidades fueran de la misma naturaleza, como si la maternidad, la paternidad, la filiación o la fraternidad fueran fácilmente segmentables. Hay reconocimiento cuando la diferenciación no es discriminación o segregación de la comunidad sino personalización y singularización en el cuidado.

No todos desempeñamos los mismos roles y funciones dentro de nuestras Comparsa o “Filàes”, el abanico es heterogéneo. En el seno de nuestras Comparsa todos tenemos los mismos derechos y deberes y por tanto las mismas obligaciones y responsabilidades, aunque todos sabemos que eso no es así. En la mayoría de los casos algunos asumen obligaciones y responsabilidades para que todos tengamos los mismos derechos15.

4.5. Espacios para la justicia y la verdad.

La familia es fuente de reconocimiento porque en ella no sólo aprendemos relaciones de mutualidad y reciprocidad sino relaciones de justicia. La familia genera un espacio moral donde aparece “el tercero en cuestión”. Ricoeur utiliza lo que él llama “el tema del tercero” para ensanchar el horizonte de la mutualidad y el reconocimiento cuando hablamos de una distribución justa. El hijo es un tercero para la pareja, los padres son un tercero para los hermanos, el otro al que nos referimos no es un simple “otro como yo”, o un “otro iguala mí” es otro diferente a mí, distinto de mí, es “otro yo”, la alteridad no es igualdad sino diferencia radical, exterioridad que se nos hace presente16.

Esta perspectiva del tercero es importante para que podamos hablar seriamente de una empatía Festera, el otro, el que está conmigo en la Entrada, en el cuartel festero, en cualquier acto festero es persona y por tanto destinatario, de la fraternidad cosmopolita o de las amistades ciegas. Es hacer presente al festero, que se construye desde la presencia del otro y no mediante su olvido.

Dicho con otras palabras, cuando se acoge a cualquiera que llega a nuestra Comparsa o “Filàes”, con independencia de su condición, y se le acoge como si ese tercero fuera – en su alteridad y diferencia radical- uno más.

Por eso la vida familiar está tan próxima a una ética de la justicia y a una ética de la hospitalidad. Ricoeur hablaba de una ética para el aprendizaje de la justa distancia17.

5.- CONCLUSIÓN:

El origen de las Fiestas de Moros y Cristianos se encuentra en las milicias festeras que acompañaban al santo patrón en las procesiones y le rendían culto disparando al aire sus arcabuces. Estas milicias evolucionaron en algunas áreas del mediterráneo hacía la fiesta que hoy conocemos, al organizarse en bandos y vestirse sus componentes de moros o de cristianos, respectivamente, y simular una confrontación y lucha por la conquista y posesión de una plaza, que simbolizaba la patria cristiana perdida y recuperada de nuevo con la intervención del santo patrón. Estas agrupaciones que, inicialmente, sólo actuaban como tales durante el periodo festivo, durante el cual desempeñaban los roles que el ritual les asignaba, fueron transformándose progresivamente en asociaciones estables, autónomas e independientes, que desarrollan una intensa vida asociativa a lo largo de todo el año. Por ello, se puede afirmar que en la actualidad las Comparsas constituyen una forma asociativa de carácter festivo que se origina a finales del Antiguo Régimen pero que se desarrollan estrictamente en una etapa contemporánea.

Todas responden a una necesidad humana radical. La Fiesta sirve no sólo para “cortar” el tiempo continuo, decadente, y recuperar los orígenes, sino también para expresar socialmente vivencias muy profundas. En ella se dan cita en toda su plenitud lo simbólico, lo mítico y lo ritual, la imitación mímica de los grandes acontecimientos de la vida del cosmos o de la tierra. No hay vivencia Festera, sin una explosión de lo festivo.

Desde siempre, las familias, han sentido el deseo de festejar un momento del calendario (la fiesta del Año Nuevo), una solemnidad religiosa (el día del Señor, la Navidad, Pascua…), un acontecimiento histórico, cultural o social (La Fiesta de Moros y Cristianos). Igualmente, han festejado los acontecimientos personales, los aniversarios de nacimiento, el bautizo, la primera comunión, el matrimonio, la muerte y otros ritos.

La Fiesta ha estado siempre asociada a un momento en el curso del cual se rompe con la lentitud de lo cotidiano y la fatiga del trabajo, el individualismo y la soledad. Durante la fiesta se deja de trabajar, se cambia la vestimenta, se reúne entre parientes, se comparten alimentos, se baila, se asiste a algún espectáculo, se sale, se regocija, se recuerda algo o se está en compañía. La Fiesta se vive como un tiempo de compartir alegre.

La Fiesta y sus diversas expresiones como la alegría, el exceso, representan una búsqueda de la felicidad. El traje de festero, el maquillaje, la música, el baile, la comida festiva que cae en el exceso, son ingredientes de la Fiesta que metamorfosean a la persona y la hacen salir de sí misma. En pocas palabras, la Fiesta en familia, en todas sus dimensiones, propicia la cohesión, la homogeneidad y la convivencia; es una comunión que estrecha la intimidad de los lazos familiares y posee una función de conservación a través de la herencia de las ricas creencias y tradiciones etnográficas y familiares.

La Fiesta se caracteriza por la ceremonia y la festividad. Es, en un cierto sentido, artística. En el contexto levantino, no es fácil separar de la Fiesta lo sagrado de lo espiritual, lo social de lo político o económico, lo espontáneo de lo establecido. Sin embargo, la Fiesta en el seno de la familia constituye una estructura antropológica. Ya sea sagrada o profana, la fiesta es la ocasión para aproximarse o liberarse de su pasado, así como para formular deseos para el futuro.

La familia, en conclusión, no es un campo en el que se comunican opiniones, o un terreno en el que se combaten batallas ideológicas, sino un ambiente en el que se aprende a comunicar en la proximidad y un sujeto que comunica, una “comunidad comunicante”. Una comunidad que sabe acompañar, festejar y fructificar. En este sentido, es posible restablecer una mirada capaz de reconocer que la familia sigue siendo un gran recurso, y no sólo un problema o una institución en crisis. Los medios de comunicación tienden en ocasiones a presentar la familia como si fuera un modelo abstracto que hay que defender o atacar, en lugar de una realidad concreta que se ha de vivir; o como si fuera una ideología de uno contra la de algún otro, en lugar del espacio donde todos aprendemos lo que significa comunicar en el amor recibido y entregado. Narrar significa más bien comprender que nuestras vidas están entrelazadas en una trama unitaria, que las voces son múltiples y que cada una es insustituible.

Notas al pie de página:

1 CRUCES ROLDÁN, C.: Más allá de la Música. Antropología y Flamenco (I): Sociabilidad, Transmisión y Patrimonio. Ed. Signatura. Sevilla 2002, 99.

2 SPIZZICHINO, C. : “Sociabilitat en la Festa de les Falles i el Palio de Siena”, en Revista d’Estudis Fallers, 12, 2007, págs.32-41.

3 GARCÍA PILÁN, P. (2006): Tradición y proceso ritual en la modernidad avanzada: la Semana Santa Marinera de Valencia, Tesis Doctoral, Universitat de València, Departament de Sociologia i Antropologia Social. Valencia, 2006, 229-230.

4 Ibídem, 234-236.

5 LÓPEZ QUINTÁS, A.: El libro de los grandes valores. B.A.C. Madrid 2013, 87

6 MARÍAS, J.: Breve tratado de la ilusión. Alianza Editorial, Madrid 1984, 209.

7 PIEPER, JOSEF. : Una teoría de la fiesta. Ed. Rialp, Madrid 2006, 13.

8 INNERARITY, DANIEL.: Ética de la hospitalidad. Ed. Península, Barcelona 2001, 13

9 DUCH, L. Y MÈLICH, J. C. Ambigüedades del amor. Ed. Trota, Madrid 2009.

10 CORTINA, ADELA. : Alianza y Contrato. Ed. Trotta, Madrid 2005, 171

11 RODRÍGUEZ BECERRA, S.: Las fiestas de Andalucía. Biblioteca de la Cultura Andaluza. Sevilla, 1985, 29-30 y 181-182.

12 No obstante, los rituales festivos no se limitan a esta función. Como todos los rituales, son polisémicos, y comunican significados de índole sobrenatural, social, económico, estético, lúdico o étnico, referentes vinculados en cualquier caso con la identidad colectiva.

13 DURKHEIM, E.: Las formas elementales de la vida religiosa. Akal Editor. Madrid, 1982, 360.

14 Ibídem, 397.

15 MORATALLA, D.: Ética de la ida familiar: Claves para una ciudadanía comunitaria. Desclee de Brouwer, Bilbao 2006, 126

16 Ibídem, 129

17 Ibídem, 130.