El uso del traje festero


José Blanes Peinado

Descarregar document

Los orígenes del traje festero hay que buscarlos en aquellas rudimentarias fiestas del siglo XIX en que aparecen por primera vez los moros y cristianos, según tantos testimonios como hay en las más diversas poblaciones que sustentan nuestra Fiesta. En esos momentos iniciales de la Fiesta surge la necesidad de un uniforme que, obviamente, tiene un marcado carácter militar. No olvidemos que la Fiesta, al menos en nuestra zona, nace de la antigua soldadesca y cuando hablamos de “soldadesca” nos debemos referir, en principio, al grupo de ciudadanos que formaban una especie de milicia en cada una de las poblaciones desde el siglo XV, que era lo que entonces recibía el nombre de milicias urbanas o del Concejo. Desde el siglo XVI esta soldadesca comienza a participar en las fiestas patronales, es decir, en las procesiones del patrono respectivo de cada pueblo disparando sus arcabuces, simplemente como si fuera un elemento más dentro del entramado del festejo popular que la población dedicaba al patrón o patrona respectivos. Testimonios de esta soldadesca hay muchos a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. En el siglo XVI aparece el alardo (o alarde) de arcabucería en Caudete, Orihuela, Alcoy, Villena, etc. En el siglo XVII siguen esos alardes de arcabucería ya conocidos en muchas poblaciones de nuestro entorno, y en Alcoy sus participantes ya aparecen diferenciados en dos bandos. En el siglo XVIII la soldadesca aparece como tal en Sax, Petrer, Onil, Ibi, Cocentaina, Monforte del Cid, Bocairent, Elda y Yecla, y seguramente ya disparaban la pólvora en las fiestas en honor al patrón o patrona respectivo. Es precisamente en este último siglo cuando recibe este nombre de “soldadesca”.

Es importante reseñar que, al parecer, los mozos o soldados de estas milicias iban vestidos “a la antigua española”, como dicen algunos historiadores, es decir, con trajes del siglo XVI (antiguo traje de los cristianos de Villena, o de Elda, Tercios de Flandes de Petrer…). Sin embargo, a mediados del siglo XVIII los soldados imitaban a la milicia real y sus uniformes eran los propios de los granaderos del Ejército español de esa época. Finalmente, en el siglo XIX, adoptan el traje de gala de los labradores con calzón corto, levita y bicornio, como pueden observarse todavía, con pequeños retoques, en la comparsa de Cristianos de Sax, la Antigua de Caudete o los arcabuceros de la Fiesta de Yecla.

De esta manera describe don Emilio Castelar, ilustre hijo de Elda donde vivió los primeros años de su tierna infancia, en su obra publicada en 1879,”Recuerdos de Elda o las Fiestas de mi pueblo” la vestimenta de los cristianos, a la manera de la antigua soldadesca, de las fiestas de Moros y Cristianos que había contemplado en su infancia seguramente en Elda:

…Los nuestros solían vestir, no como los caballeros de la Vega, cuyas estatuas vemos bajo las bóvedas de la catedral de Toledo, sino como petimetres del último siglo: que mis paisanos, como los pintores del Renacimiento, reparan poco en cualquier anacronismo. Nada de brocado, de malla, de cota, de pacete; al revés, calzón corto,
zapato con argénteas hebillas, medias de seda, casacón antiguo, sombrero apuntado… (1)

En el siglo XIX esta soldadesca o milicia local es la que creemos que da lugar a la fiesta de Moros y Cristianos con su evolución en dos bandos y la celebración de embajadas o parlamentos. Quizás esta evolución se inicia en los siglos anteriores, ya que muchas veces en las fiestas en que participaba la soldadesca se representaban comedias del tipo de “moros y cristianos” que debieron influir en la creación de la Fiesta. También, y esa es mi teoría, debió de influir la aparición del Romanticismo como modo de vida que se inspiraba en todo lo exótico y medieval. Es digno de mención que en este siglo aparecen en la Fiesta actos de clara connotación militar, como la Diana y la Retreta, que seguirán existiendo en el programa oficial de actos hasta nuestros días. Dice José Luis Mansanet, a propósito de este origen de nuestra Fiesta, que

“cuando los miembros de la soldadesca se visten a la morisca y otros a lo cristiano, simbólicamente, para realizar la función conmemorativa de la contraposición de siglos en el solar hispano de las culturas cristiana y musulmana, se está generando la Fiesta, y el traje festero”. (2)

El sentido romántico popular es el que hizo esa separación entre soldadesca propiamente dicha y la vestida a la morisca, naciendo con ello la Fiesta de Moros y Cristianos como recuerdo de ese pasado histórico, de esas guerras de Reconquista que el pueblo veía con ojos propios y cargados de una cierta ingenuidad. No se atiene a ninguna lógica o rigor histórico y así vestía a las formaciones militares o comparsas que se iban creando con una plena fantasía no exenta de esa moda romántica imperante, y de su amor por todo lo exótico y oriental. Surgen de esta forma las comparsas o grupos festeros más diversos con los nombres y trajes más exóticos y fantásticos, que nada tenían que ver -de un modo histórico y ciertamente erudito- con las formaciones que querían representar a la Edad Media, es decir, al margen de la realidad histórica. La inspiración de quienes crean estas formaciones procede de la realidad social de cada momento atendiendo a diversos aspectos: uno meramente regional (Andaluces, vulgarmente conocidos por Contrabandistas, Navarros, Aragoneses, Catalanes, Vizcaínos, etc.), otro cargado de un mayor valor histórico (Guzmanes, Cides Mozárabes, incluso Romanos, salvando su aspecto anacrónico, etc.), Otro de los valores es netamente político (Garibaldinos, Somatenes, Zuavos, etc.). A lo que hay que añadir diversos aspectos exóticos o simplemente costumbristas (piratas, marineros, labradores, estudiantes, etc.). Todas estas formaciones que componen el bando cristiano de aquellas fiestas decimonónicas, según las circunstancias de cada población, tenían más que ver con el sentimiento popular de sus creadores y con ese afán de aventuras nunca satisfecho, que con los verdaderos guerreros medievales, que incluso eran vestidos con trajes propios de las milicias de los siglos XVI y XVII.

El bando moro, en cambio, seguía una línea más purista -por así decirlo- ya que vestían trajes denominados “a la turca” con largo y bombacho pantalón y con prendas más en consonancia con el mundo oriental que se quería representar, aunque siempre visto desde la óptica cargada de fantasía del pueblo llano que ve las cosas más con los ojos del corazón y del sentimiento.

Así veía en la detallista descripción de la obra antes citada don Emilio Castelar de qué manera vestían los moros de esa fiesta de moros y cristianos contemplada por él en su infancia a principios el siglo XIX en su pueblo:

“Y no digo nada de los Moros y Cristianos. La ilusión era completa. El tabernero de la esquina, el mojigato de la vecindad, el cristiano viejo sin un abuelo que oliera a hereje, el sacristán de amén, parecíannos Muza o Tarik, grandes sultanes de serrallo, incapaces de probar el torrezno y de respirar el vino así que vestían los pantalones bombachos de seda amarilla, las fajas multicolores, las chaquetas bordadas de lentejuelas, los turbantes de gasa llenos de alharacas, las babuchas de tunecino tafilete… (3)

Sigue diciéndonos Mansanet, a propósito de esos primeros trajes de las comparsas, que…

”esa simpleza es también la grandeza de la Fiesta, porque lo que evidencia de forma clara es que esos trajes y denominaciones -por anacrónicos que parezcan en una fiesta de representación histórica- no han surgido con motivación o voluntad carnavalesca, sino como un esfuerzo popular para contraponer la lucha de dos culturas, sin ánimo peyorativo alguno, y si lo hubo ha desaparecido con el tiempo”. (4)

Los trajes oficiales de las distintas comparsas que van apareciendo en el panorama de la fiesta de Moros y Cristianos en tantos pueblos en los que se va desarrollando esta fiesta, especialmente en nuestro entorno de una gran parte de la provincia de Alicante, sur de la de Valencia y la albaceteña población de Caudete, se consolidan a lo largo del siglo XIX y principios del XX. El traje festero se convierte en nuestros pueblos en el elemento indispensable con el que los festeros participan en la Fiesta, aquel por el que se identifica su comparsa, su compañía o filá entre el resto de las formaciones festeras y se lleva con orgullo en todos los actos, a la manera de un hábito de monje han dicho algunos, que a mí me parece un tanto exagerado pero que demuestra la importancia y el sentimiento que conlleva vestir ese traje que representa a su formación festera y que se va heredando de padres a hijos como un verdadero tesoro. Para el festero de tantas poblaciones que tienen esa tradición de Moros y Cristianos, vestir el traje de su comparsa o filà, como herencia de sus mayores, es un verdadero orgullo y un derroche de sentimientos que aúnan los lazos de familia con el sentirse partícipe de un pueblo, de una fiesta que no hace más que exaltar sus raíces históricas y culturales.

Es importante considerar el traje festero como uno de los elementos esenciales de la estructura festera y cuya dignificación va de la mano de la dignidad de la propia Fiesta. Hay que comentar su evolución, ya que

“cuando las clases cultas”, dice Mansanet, “se van incorporando a la Fiesta, desde mediados del siglo XIX, según las poblaciones más antiguas, se produce la culturización de la Fiesta que tuvo su reflejo en un mayor rigor histórico, tanto en las denominaciones de las comparsas como en sus trajes” (5).

Concretamente en Alcoy, y otras poblaciones tradicionales en la Fiesta, se acaba con tantas fantasías y se crean comparsas con componentes de un mayor rigor histórico. Existen todavía anacronismos, que nos han llegado hasta hoy, pero son los menos y son tolerados por su gran arraigo popular.

Por otro lado el uso que se haga del traje festero es otra cosa a tener en cuenta. Se ha dicho infinidad de veces que el festero “se viste”, y “no se disfraza”. Y esto marca claramente la distinción entre la Fiesta de Moros y Cristianos y un Carnaval y, por supuesto, no necesita mayor explicación. Sin embargo la Fiesta en su evolución puede llegar a ser una verdadera carnavalada si no se respeta la uniformidad en el uso del traje festero, Nos sigue diciendo Mansanet que

…”el traje debe ser único dentro de cada comparsa… pero no sólo en los actos oficiales sino también fuera de los mismos, en la calle, incluso cuando razones de clima veraniego o comodidad, aconsejen llevar un equipo más ligero, reservando el más lujoso para los actos oficiales.” (6).

Abundando en ello, no creemos que pueda ser válido que los festeros se desprendan de algunas prendas del traje a su antojo, ni tampoco que cambie su calzado a su arbitrio, o mezcle prendas de uso diario o con fines, podríamos decir meramente lúdicos, con el traje festero. En determinados casos, y según la idiosincrasia de cada población, se puede usar un traje más sencillo, “de paseo” podríamos decir, pero éste deber ser igual para todos los festeros de una misma comparsa. Lo contrario sería caer en una anarquía o desorden que no beneficia a la Fiesta y se puede caer en la carnavalada.

Por otro lado, es igualmente grave despojarse del traje festero una vez haya acabado el acto oficial, lo cual ocurre con relativa frecuencia, ya que lo que da “tono y señorío” a una población en fiestas es el ver a sus festeros deambular por calles y plazas vistiendo correctamente el traje festero. Si no es así, podemos pensar que el que actúa de esta manera es un simple “comparsa” en un espectáculo y no un festero que cumple con un ritual en su ciudad.

A lo largo de los años los trajes oficiales de cada comparsa se han visto arropados, y en muchos casos sustituidos, por trajes especiales que la fantasía de los festeros y su deseo de que las fiestas sean cada vez más lujosas, han hecho proliferar en la Fiesta y que le han dado -qué duda cabe- un esplendor mayor y una variedad de la que carecía anteriormente. Tenemos: los trajes especiales de las capitanías, alferecías, banderas, etc. como iniciadoras de esta costumbre de ostentar trajes de negros, esclavos, especiales de todo tipo. Por otro lado, esta costumbre se ha extendido a otras poblaciones que no tenían boato de capitanías, pero que han querido dar realce a la Fiesta con la ostentación de trajes verdaderamente espectaculares que, en algunos casos, compiten con los propios trajes de los cargos de Capitán, Alférez Abanderado, etc. Sin embargo, en este aspecto de los trajes especiales creemos que no todo vale por diferentes motivos:

-Porque no siempre se ajusta a la idiosincrasia del traje de la comparsa en cuestión, ni siquiera en cuanto a colorido característico de las prendas oficiales. Esta proliferación y lo costoso en la mayoría de los casos hace que el festero se dedique a alquilar trajes en otras poblaciones, por lo que en su mayor parte estos trajes lo que hacen es trasladar el sentido e idiosincrasia de comparsas de fiestas ajenas, que no siempre son adecuados a la propia comparsa o característica de la población en cuestión.

-Porque han proliferado de una manera indiscriminada haciendo que en la mayoría de comparsas -sobre todo de moros o de cristianos propiamente dichos, pero también en otro tipo de comparsas- desplace a las que llevan traje oficial propio y característico de dichas formaciones.

-Porque en muchos de los casos, la estética de estos trajes deja mucho que desear. Se pretende que la comparsa tenga variedad, pero yo creo que no debe ser nunca a costa de alquilar trajes envejecidos y que han sido vistos en decenas de pueblos que han celebrado fiestas antes.

-Porque, además, la fantasía de los diseñadores de estos trajes especiales con relativa frecuencia se desborda sobremanera y crean unos trajes que a veces es difícil saber si de verdad son de moros y cristianos o, incluso, de comparsas como piratas, contrabandistas y otras similares.

Todo esto no creo que dignifique la Fiesta en absoluto, ya que se sacrifica la propia identidad a una variedad que muchas veces cae en lo chabacano y además, que cuando realmente se presenta una escuadra estéticamente notable en medio de tal barahúnda de trajes de todo tipo o condición, no destaca como debería por su verdadero lujo y diseño. Con los trajes de alquiler la Fiesta se trasplanta de un lugar a otro indiscriminadamente. Así puede ocurrir que en las fiestas que carecen de traje oficial en sus comparsas se llegue a estimular que sus festeros en vez de hacerse un traje propio, alquilen uno cada año y, con ello, desaparece la dignidad que nos da la permanencia y continuidad del traje festero. Esta gran facilidad para adquirir trajes fomenta, sin ningún género de dudas, la realización de “simples desfiles”, sin que haya un esquema básico mínimo de la Fiesta y, por consiguiente, va en desprestigio de la Fiesta. Como antes hemos señalado, con todo esto también puede llegarse a estar mucho más cerca del “disfrazarse” que del “vestirse”.

Debemos seguir comentando el uso que del traje oficial se hace por parte de los festeros en actos que no son los desfiles, pero que forman parte del programa oficial de actos. Sucede que incluso muchos festeros no visten con decoro su traje, ese traje que les identifica como miembros de su comparsa, que, a veces, han heredado de sus padres y que profanan con su utilización a medias junto a camisetas, gorras, zapatillas y demás prendas no acordes con el traje que orgullosos decimos vestir.

Todo esto no hace más que desprestigiar a la comparsa en cuestión y, por ello, a la Fiesta. En relación a otro tipo de fiestas, cuando un fallero o una fallera, por ejemplo, se visten con sus trajes característicos, no se ponen camisetas ni zapatillas ni nada parecido; lo mismo que cuando una comparsa de un carnaval que se precie se disfraza de cualquier cosa que crea factible con esta fiesta, no se le ocurre llevar prendas que no sean acordes con esa vestimenta. En cambio, los festeros de Moros y Cristianos, en aras de una pretendida comodidad mal entendida, se colocan camisetas, gorras y otras prendas que afean el traje de nuestras comparsas que debe ser, ante todo, la fiel expresión de nuestro sentir festero.

En cuanto a los trajes oficiales propiamente dichos, hemos de insistir en que sucede con mucha más frecuencia de lo que sería habitual que en muchas de nuestras poblaciones festeras las comparsas que componen su celebración de moros y cristianos no poseen un traje especial específico y, como consecuencia, en actos distintos a las Entradas o Desfiles en los que lucen espectaculares trajes especiales, propios o alquilados, sus vestimentas dejan mucho que desear: chilabas de las más variadas formas, con zapatillas deportivas como calzado o, incluso, con vaqueros o pantalones cortos y camisetas. Esto que afirmo aquí nos es una invención mía, lo he podido comprobar con mis propios ojos en poblaciones importantes de nuestro entorno, algunas posiblemente con determinados títulos de interés turístico. Es verdaderamente descorazonador para un festero que vive y siente la Fiesta con la intensidad que lo hacen la mayoría de ellos en las distintas poblaciones ver en un acto tan solemne, tradicional y básico de nuestra trilogía festera, como lo es el alardo de arcabucería, a los tiradores vestidos se semejante guisa: chilabas que dejan entrever el vaquero debajo, zapatillas deportivas, etc. Y esto suele ocurrir más de lo que podemos pensar la mayoría de los festeros de aquellas poblaciones que cuidamos estos detalles, no por simple disciplina, sino porque nos enorgullece vestir nuestro traje oficial, el que han vestido quizás nuestros mayores, sea cual sea la vistosidad, estética o lujo del traje de moro o de cristiano, de pirata o contrabandista, de labrador o estudiante.

Además debemos añadir otra circunstancia que está irrumpiendo en nuestro panorama festero en determinadas poblaciones: la fiesta vista como simple negocio hace que, a veces, -quizás más de lo que sería necesario- con tal de vender más y de ilusionar a muchos de los “festeros”- los comercios del ramo y algunos diseñadores se inventan prendas nuevas de las comparsas que no se adaptan al traje oficial atendiendo a las posibles vistosidad o comodidad. Esto hace que se vean trajes oficiales deformados que se alejan de su forma primitiva y reglamentaria, o bien, otros trajes inspirados en el traje oficial pero que nada tienen que ver con él, e incluso se exhiben en los escaparates de estos comercios. Como consecuencia, siempre hay quien se deja seducir y, con ello, la proliferación de trajes alternativos a los verdaderamente oficiales se hace patente en algunas de nuestras fiestas y desdice de la uniformidad garantizada según el reglamento de cada comparsa.

Aunque han transcurrido más de 30 años del II Congreso de la Fiesta de Moros y Cristianos celebrado en el año 1985 en la ciudad de Ontinyent, es necesario acudir a conclusiones que allí se adoptaron releyendo sus Actas (7) y también de la mano de José Luis Mansanet (8). Algunas de las cuestiones que se plantearon se plasmaron en conclusiones como resultado de las ponencias, comunicaciones y debates que allí se celebraron. Estas conclusiones, aunque no tienen un carácter vinculante, y por tanto no son obligatorias para las poblaciones festeras que usan la denominación común de “Moros y Cristianos” fueran asistentes o no, son el resultado de un sentir generalizado entre ellas y, por consiguiente, deben tener un carácter más bien de orientación o de recomendaciones a seguir.

El II Congreso, en su conclusión 17ª, dice:

“Defensa del traje festero oficial, característico de cada comparsa, filá, kábila, etc. estableciendo criterios de actuación que, sin menoscabo de la participación de las escuadras especiales, permitan conservarlos, ya que identifican la personalidad de las mismas” (7).

Pero ya con anterioridad el Congreso de Villena de 1974 establecía, quizás de una manera menos rígida, en su conclusión 11ª:

“El atuendo oficial de cada comparsa debe figurar siempre en lugar de honor y con carácter preponderante, aun cuando figuren en ellas (en las comparsas) una o varias escuadras especiales” (9).

En los debates del II Congreso se argumentaba que más que pretender “la defensa del traje festero”, lo correcto sería quizás reglamentar su uso. Por ello, la expresión “a ultranza” que aparecía en dichos debates quizás estaba utilizada en términos más duros.

Con todo afloraban en esto debates varias cuestiones de fondo que vamos a comentar:

1ª. Sobre el traje oficial: cada comparsa debe tener su correspondiente traje oficial y, por tanto, no se concibe de ninguna manera que una Fiesta que pretenda denominarse “de Moros y Cristianos”, tenga comparsas, que manteniendo el mismo nombre , cada año cambie de traje o lo alquile que todavía es peor. Eso, se decía, es lo más próximo a que esa comparsa sea una especie de “chirigota” y su actuación más propia de un carnaval.

Resulta esclarecedor lo que manifestaba el congresista Miguel Sempere Martínez:

…puede resultar que una población novel en fiestas que el primer año alquile o pida prestados los trajes de aquí o de allá, pero una vez establecida la Fiesta deberá siempre llevar aparejado los de los trajes oficiales”.

2ª. Sobre los trajes especiales conviene entender que una cosa son los trajes especiales que se confeccionan para ser usados por los cargos festeros, capitanes, alféreces, abanderados, etc. cuya moda se inició en nuestra Fiesta a principios del siglo XX (ya que anteriormente usaban el propio traje oficial con una banda que cruzaba el pecho), y otra muy distinta son las escuadras con trajes especiales sobre las que habría que plantearse algunas preguntas. Por ejemplo, ¿Pueden tenerlas todas las comparsas de la Fiesta o no? ¿Cuántas escuadras especiales sería conveniente que tuviera cada comparsa? ¿Esos trajes una vez acabadas “las entradas”, pueden seguir vistiéndose fuera de ellas? ¿Y qué ocurre con los trajes de las mujeres?

Lo que sí se puede observar es su proliferación sin medida alguna en muchas de nuestras poblaciones festeras, lo que hace que muchas veces no se las identifique como tales comparsas.

Hay que reconocer que la escuadra especial, sin duda, le quita monotonía al desfile y le añade además interés ante lo nuevo cuando se esperan creaciones propias no vistas todavía; otra cosa son las escuadras especiales alquiladas como ya apuntaba entonces
Manuel Tejada Caballero en el Congreso, al decir que esos trajes especiales se convierten en itinerantes,

“…los estrenan unos señores que más que festeros parece que se hayan convertido en una compañía mercantil que se dedica a alquilar sucesivamente el traje de pueblo en pueblo, y si uno se dedica a ver fiestas, los ve en todas partes”.

Por otro lado la incorporación de la mujer a la Fiesta hace que muchas poblaciones hayan creado sus propios trajes oficiales adoptados a las características femeninas. El peligro es el mismo que para los trajes masculinos: cuando no hay trajes oficiales, se usan los especiales generalmente alquilados.

José Bas, presidente de este II Congreso, decía entonces:

“de eso tenemos la culpa no solamente los que alquilan los trajes, sino los que vamos a alquilarlos. Lo que sí recomendaría es que eso se tratara de evitar al máximo, ya que va en detrimento de la personalidad de la Fiesta de cada lugar”.

Por último, este II Congreso en su conclusión 17ª afirma estos puntos: a) la defensa del traje oficial festero característico de cada comparsa; b) que el traje oficial identifica la personalidad de las comparsas, y c) que se establezcan criterios de actuación para la participación de las escuadras especiales (7).

CONCLUSIONES DE LA PONENCIA:

1.- Que Las asociaciones festeras de las distintas poblaciones indiquen en sus respectivos reglamentos la necesidad de que las comparsas o grupo festeros que las componen tengan un traje oficial propio y característico de la idiosincrasia de cada una de ellas, que pueden lucir en todos los actos, no sólo en los desfiles o Entradas sino también en los demás actos que componen el programa de actos: guerrillas y embajadas, dianas, pasacalles, procesiones, etc.

2.- Que los trajes oficiales de las comparsas se vistan con la mayor dignidad, teniendo en cuenta su origen e idiosincrasia, y no se vean afeados por la utilización de prendas que nada tiene que ver con la vestimenta festera, como sombreros ajenos, camisetas, zapatillas, etc. al menos en su participación en los actos oficiales de la Fiesta.

3.- Que no se permitan los falsos trajes oficiales que algunos comercios y diseñadores pretenden colar a los festeros en aras de una comodidad o vistosidad mal entendida.

4.- Que los trajes de escuadras llamados especiales se adapten lo más posible a la idiosincrasia característica de la comparsa y de la fiesta en general.

5.- Que la proliferación de trajes especiales no desbanque la utilización del traje oficial en las Entradas o desfiles principales de cada población y que se adopten las medidas necesarias para que estos trajes oficiales tengan una mayor representación en el orden de marcha de los principales desfiles de la Fiesta y, así, pueda identificarse plenamente la comparsa que toma parte en el desfile.

6.- Que también se vigile para que los trajes de los cargos oficiales de las poblaciones: capitanes, alféreces, abanderadas, embajadores, etc. no se alejen del sentido que tiene nuestra Fiesta. La fantasía y la originalidad no deben estar reñidas con la imagen que exige la Fiesta de Moros y Cristianos.

NOTAS AL PIÉ DE PÁGINA:

(1) y (3) Emilio Castelar y Ripoll: “Recuerdos de Elda o las fiestas de mi pueblo” 1879. En José Ramón Valero Escandell: “La palabra de Castelar”. Ayuntamiento de Elda, 1984.

(2), (4), (5) y (6) José Luis Mansanet Ribes: “Sobre el origen del traje festero”. Revista Moros y Cristianos. Sax, 1992. Y “La responsabilidad del traje festero”. Revista Moros y Cristianos, Mutxamel, 1989.

(7) Actas del II Congreso de la Fiesta de Moros y Cristianos. Ontinyent septiembre 1985.

(8) José Luis Mansanet Ribes: “El II Congreso y el traje festero”. 1995.

(9) Actas del I Congreso de la Fiesta de Moros y Cristianos. Villena, septiembre 1974.

BIBLIOGRAFÍA:

-Actas del I Congreso de la Fiesta de Moros y Cristianos. Villena, septiembre 1974.

-Actas del II Congreso de la Fiesta de Moros y Cristianos. Ontinyent, septiembre 1985.

-Blanes Peinado, José: La Fiesta de Moros y Cristianos de Elda. Junta Central de comparsas. Elda, marzo 2010.

-Castelar y Ripoll, Emilio: Recuerdos de Elda o las fiestas de mi pueblo.1879. En José Ramón Valero Escandell: La palabra de Castelar. Ayuntamiento de Elda. 1984.

-González Hernández, Miguel Ángel: La Fiesta de Moros y Cristianos. Orígenes (siglos XIII-XVIII). Ayuntamiento de Monforte del Cid y Diputación Provincial de Alicante. 1996.

-González Hernández, Miguel Ángel: La Fiesta de Moros y Cristianos. Evolución (siglos XIX-XX). Ayuntamiento de Monforte del Cid y Diputación Provincial de Alicante. 1997.

-Mansanet Ribes, José Luis: La responsabilidad del traje festero. Revista Moros y Cristianos. Mutxamel, 1989.

-Mansanet Ribes, José Luis: Sobre el origen del traje festero. Revista Moros y Cristianos. Sax, 1992.

-Mansanet Ribes, José Luis: El II Congreso y el traje festero. 1995.

-Navarro Pastor, Alberto: Las fiestas de Elda. 2002.