Monumento de un Pueblo


Ricardo Díaz de Rábago Verdeguer

Monumento y pueblo, dos palabras, que en sí mismas, contienen y expresan todo lo que el monumento a S. Jordi en Banyeres supone, encierra, recuerda y proclama.

La palabra monumento, de origen latino (monumentum), entre sus acepciones encontramos: Obra pública y patente (arquitectónica o escultórica) destinada a recordar un acontecimiento o personaje. Pero si nos ceñimos a lo escuetamente lingüístico, y no profundizamos más, no desentrañamos toda la riqueza que contiene el vocablo.

Monumento, en nuestra cultura, no se refiere sólo al recuerdo de un pasado sin más, sino la exaltación de algo o alguien grandioso y glorioso que ha sido decisivo o ha configurado nuestra historia, de lo que se quiere dejar constancia perenne no sólo en el presente, sino a las futuras generaciones .. Y así, en el devenir de los tiempos, hemos levantado monumentos a personajes, victorias, acontecimientos, efemérides gloriosasestando desde ese momento presente, siendo un recuerdo constante, y un testimonio de la historia abierto hacia el futuro.

En nuestro caso es el recuerdo y la presencia del mártir más insigne del cristianismo. Para nosotros una de las realidades en torno a la configuración de nuestra historia y la fe de nuestro pueblo…. Alguien diría que es uno de los elementos «constituyentes» de nuestro pueblo. Más aún, es la plasmación y exteriorización de algo muy íntimo y querido, S. Jordi.

Su ubicación, «intra muros» de nuestro antiguo astillo, nos habla del engarce perfecto entre nuestra \’ida civil y nuestra vivencia religiosa, las dos vertientes de nuestra comunidad humana y cristiana.

La colocación junto a la ermita «del conjurador» no pretende desenterrar un pasado, sino evitar que caiga en el olvido la fe y devoción de nuestros mayores a su patrón, modelo, protector e intercesor. Pero es ante todo el pregonar desde tan hermosa atalaya, frente a valles y montañas, a los cuatro vientos, nuestra fe y devoción. Y ello de forma firme y estable, esculpido en bronce, para que perdure en el tiempo y se adentre en el futuro. Él será la constancia histórica, el mejor pregonero, el más noble adalid de un presente que en un mañana será historia.

Pero si significativa es la palabra monumento no lo es menos la segunda, pueblo. Todo lo contrario. Es, precisamente, la que da pleno sentido, en este caso, a la primera. Porque es el monumento que levanta un pueblo como expresión y proclamación de su vida, de su historia, y en este caso también de su fe.

Señalando, además, que en esta ocasión, no es el monumento levantado por un personaje, una familia, institución, poder o autoridad…. Es el monumento de todo un pueblo: Con sus autoridades al frente, con la ilusión, esfuerzo y trabajo encauzado por la Confraría de Sant Jordi. Festeros y paisanos. Con aportaciones económicas y donativos. Con la posibilidad de la colaboración de todos, significado en algo tan simple y sencillo como el papel y cartón guardado con cariño, recogido con entusiasmo. Nunca algo tan humilde había confluido y cristalizado en una realidad tan hermosa y gloriosa. Éste ha sido el fruto maduro de la ilusión, unión y constancia de un pueblo.

El día 9 de marzo de 2003, año en que todo el mundo celebraba el 1.700 aniversario del martirio de S. Jordi, en Banyeres pasará a la historia (además de otras celebraciones y efemérides georgianas y parroquiales) por haber levantado un monumento a S. Jordi. Monumento que bendijo el Arzobispo de Valencia D. Agustín García – Gasco Vicente Un monumento de un pueblo. El mejor. ¡Vítol! el más recio, más vibrante, más abierto. Un vítol que resonará más allá del tiempo. Él proclama como nunca: ¡Vítol al Patró Sant Jordi!

Si, hoy más que nunca: ¡Vitol, al Patró Sant Jordi!

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