Actas Martiriales de San Jorge Mégalo-Mártir


Antonio Belda Martínez

CAPITULO III
La última victoria de San Jorge con el tirano –

20.- Mientras Jorge permanecía en la cárcel.
Los convertidos a la fe de Cristo por haber visto tales milagros, sobornando a los vigilantes, logran acudir a Jorge, le acompañan y se postran a sus pies. De ellos muchos enfermos son curados en nombre de Cristo haciendo la señal de la cruz.
Un hombre pobre, Glicerio, cuando araba, uno de los bueyes de desplomó (cosa por lo demás frecuente) y se moría. La fama del Santo llega a sus oídos. Glicerio acude presuroso a la cárcel y comunica el accidente al Santo. Y San Jorge riéndose le dice: “Vete contento, mi Cristo ha devuelto la vida a tu buey. Glicerio le cree y de vuelta encuentra curado a su buey. Vuelve inmediatamente al Mártir; a gritos va anunciando por la ciudad”. “¡En verdad, grande es el Dios de los cristianos”!
Unos soldados se cruzan casualmente, le detienen y avisan al Emperador que, furioso, determina ni verle ni interrogarle. Manda que sea degollado a extramuros de la ciudad. Glicerio, conducido por los soldados, corre delante de ellos gozoso y como invitado a convite. Invoca a Dios gritando. Ora para que su martirio sustituya al bautismo de agua. Así acabó la vida.
Por entonces unos senadores acusaban ante el Emperador a Jorge. Decían que desde la cárcel alborotaba al pueblo y apartaba del culto de los dioses a muchos, y que con magias los unía al Dios crucificado. Había que volver de nuevo a la carga para absolverlo si se arrepentía, o para quitarle la vida si persistía en la misma locura.
21.- El Emperador, reunido en consejo con Magnencio, dispone que se prepare el tribunal en el templo de Apolo y se tenga interrogatorio público con el Santo el día siguiente.
En aquella noche rezaba el Santo en la cárcel. Al quedarse dormido, vio al Señor que le levantaba con su propia mano, le abrazaba, le ponía una corona en la cabeza y le decía: “No temas, ten buen ánimo”. “Ya has sido hecho digno de reinar conmigo”. “No tardarás en gozar de lo que te tengo preparado; vendrás conmigo enseguida”. Despierta el Santo, da gracias a Dios y llama al carcelero. Le pide que deje entrar a su criado para hablarle. Con la ausencia del carcelero, el joven, que aguardaba en el exterior, entra, venera a su señor encadenado y lloroso se postra. El Santo le levanta, le exhorta para que tenga ánimo y le comunica la visión: “Hijo mío, Nuestro Señor me llamará pronto. Después que haya pasado esta vida, recibe mi cuerpo, como tengo determinado, y traértelo a la casa de Palestina donde acostumbramos vivir; el Señor te conducirá en tu camino. Cumple todo lo que está en mi última voluntad. Ten temor de Dios y no te apartes de la fe de Cristo”. Lloroso el criado promete al Santo llevar a cabo su voluntad con la ayuda de Dios. San Jorge le abraza y le despide.
22.- A la salida del sol del día siguiente, constituido el tribunal, Diocleciano ordena que le traigan al Mártir. Domina su ira y con mansedumbre comienza: “¿No te parezco, Jorge, humanísimo y lleno de amor siendo tan humilde contigo? Que todos mis dioses me sean testigos de la enorme pena que me causa tu adolescencia, la flor de tu belleza, la gravedad de tu prudencia y tu constancia de ánimo. Si recapacitaras y volviera en ti, vivirías conmigo y ocuparías el segundo lugar en la corte. Dime, poi, Jorge, lo que sientes”.
Y San Jorge: “Hubiera sido oportuno, Emperador, ya que has declarado estos cuidados tuyos, no habernos hecho tantos y tan grandes males con tu ira”. El Emperador escucha gustoso. Y Jorge añade: “Si me quisieras, como padre obsequiarías amorosamente a los que heriste con martirios y yo les compensaría con los mayores honores”. “Si quieres entremos en el templo y contemplemos a los dioses que adoráis.”
El Emperador, alegre, ordena que el Senado y el pueblo vayan al templo.
El pueblo alaba al Emperador, yendo de camino y dando como hecha la victoria de sus dioses.
Entran y se hace el silencio. El sacrificio está preparado. Todas las miradas confluyen en el Santo. Esperan que sacrifique.
El Mártir se acerca a la estatua de Apolo con la mano extendida y dice: “¿Por qué quieres recibir de mí un sacrificio como Dios?” A la vez hace la señal de la cruz.
El demonio desde la estatua contesta: “No soy Dios; no soy; ni ninguno de mis semejantes lo es. Uno sólo es Dios y es el que tú predicas. Nosotros, de ángeles servidores de Dios, nos hemos convertido en apóstatas; engañamos a los hombres por envidia.”.
Y el Santo responde: “¿Porqué razón osáis permanecer aquí, estando yo presente que doy culto al Dios verdadero?”.
Apenas dicho esto se escucha un ruido y fragor semejante al de una batalla que salía de las estatuas, que caen rotas en el suelo.
Algunos del pueblo, locos de furor, azuzados por los sacerdotes, se apoderan del Santo y le atan con cadenas y le azotan gritando: “¡Quita, fuera ese mago, fuera!”.
23.- Crece el tumulto y la emperatriz Alejandra sale del palacio; no puede ocultar por más tiempo su fe en Cristo. Ve de lejos a Jorge. No se le puede acercar a causa del gentío y clama: “¡Dios de Jorge Ayúdame; tú solo eres Dios Todopoderoso!”.
Una vez serenado el motín del pueblo, Diocleciano manda traer a su presencia al Santo y le dice: “¿Con semejantes gracias correspondes a mi benevolencia, cabeza cruel? ¿De ese modo acostumbras sacrificar a los dioses?
Y San Jorge: “Así aprendí a sacrificar, Emperador insensato, y de ese he sabido honrarlos”. “Avergüénzate en adelante de atribuir tu salvación a tales dioses. Salvación que ni ellos mismos se pueden dar. Ni aguantan la presencia de los siervos de Cristo”.
Mientras hablaba así el Santo, adelantándose la Emperatriz repetía ante el Emperador la misma exclamación. Se postra a los pies del Santo, recrimina la impiedad del tirano, con improperios desprecia a los dioses y abomina a sus adoradores.
El Emperador le dice: “¿Qué te sucede Alejandra? ¿Cómo te adhieres a este mago y encantador, desvergonzada? ¿Te apartas de los dioses?”.
La Emperatriz le rechaza con acritud. No le contesta.
24.- Diocleciano, furioso, se despreocupa del Santo. San Jorge le ha irritado. Espera el sacrificio y considera a sus dioses derribados. Considera el cambio de la Emperatriz. Crece su ira. Decreta la sentencia contra el Mártir y la nobilísima Emperatriz: Jorge malvado, según atestigua Galileo, has herido a los dioses y a mí mismo con injurias sin número. Has usado de tu magia contra todos. Has corrompido a la Emperatriz con tus hechizos. Como un loco has maldecido a los mismos dioses. Ordeno que los dos seáis degollados a espada”.
Al punto, aquellos que habían pedido su ejecución, se apoderaron del Santo y le condujeron encadenado fuera de la ciudad. Juntamente con el Mártir es llevada la Emperatriz que oraba alegre, moviendo los labios y levantando frecuentemente los ojos al cielo. Al llegar a cierto lugar la Emperatriz pide sentarse. Autorizada se sienta, inclina la cabeza sobre las rodillas y entrega su espíritu a Dios.
San Jorge ensalza a Dios, le da gracias. Camina ligero y reza para que su combate acabe bien. Llega al lugar de la ejecución y ora en voz alta:
25.- “Bendito eres, Mr., Dios mío porque nos has permitido que me llegaran los dientes de los que me mordían, ni has tolerado que mis enemigos se rían de mí, y has librado mi alma como un pájaro de la trampa del cazador.”

“Ahora, Mr., escúchame del mismo modo y asiste a este tu siervo en esta hora última. Libra mi alma de la iniquidad del grandísimo enemigo y de su espíritu. No consideres como crimen lo que estos han hecho contra mí, arrastrados de su ignorancia. Antes bien concédeles tu perdón y tu amor. Que ellos también tengan parte en tu reino con tus elegidos”.
“Recibe, anche, mi alma con los que te han agradado en este mundo. Olvida todas las cosas no buenas que he cometido consciente o inconscientemente.”
“Acuérdate, Mr., de cuantos invocan tu santísimo nombre, porque eres bendito y glorioso por los siglos. Amén.”
Acabada esta oración, gozosamente presenta el cuello. Fue degollado el veintitrés de abril.
¡Gloriosa confesión! ¡Acaba su carrera y guarda inmaculada la fe! ¡Posee la prometida corona de la justicia!
26.- Estos son los trofeos del esforzado vencedor de combates tan grandes. Estas son las luchas gloriosas y los preclaros hechos contra sus enemigos.
A quien luchare de ese modo se le dará una corona incorrupta y eterna. Por cuyas preces, ojalá, consigamos nosotros tener también parte con los justos y seamos colocados a la derecha de NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.
A quien sea la gloria, el honor y la adoración por los siglos de los siglos. Amén.

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