San Jorge en Moldavia

José Luis Mansanet Ribes

Si tuviera que resumir en los recuadros fotográficos de una tarjeta postal mis impresiones personales turísticas sobre Rumanía, colocaría en una esquina la inmensidad de los bosques de abetos del norte del país que se pueden calcular en días de viaje de autobús. En otro lugar, Seghisoara y el desvanecimiento de la leyenda de Drácula, invención de la novelística inglesa sobre la real existencia en Transilvania del príncipe Vlad el Dracul –el Diablo-, nacido en esa ciudad, debelador de cabezas de invasores turcos, y héroe nacional rumano a quienes les molesta el mito del vampiro.

En otro ángulo, la enorme extensión de la capital Bucarest, que para un millón y medio de habitantes ocupa una extensión superficial de unas 50.000 hectáreas, algo así como 4 veces el término municipal de Alcoy, En la cuarta esquina el delta del Danubio, lugar fascinante, donde el río y los sedimentos de media Europa, que le hacen avanzar cada año 40 metros en el mar, hacen que la flora y la fauna tejan un canto a la vida que se saborea recorriendo la telaraña intrincada de sus innumerables canales. En el centro de la postal en toda Rumanía y su pasado, hasta uno de los 4 brazos de desembocadura del Danubio en el mar, el más antiguo, se llama San Jorge.

Para el viajero, en este caso el alcoyano y por supuesto el bañerense, tropezar con San Jorge, que es nuestro Patrón, produce primero una sensación de halago; allí hay algo nuestro, algo que nos es familiar, algo que los demás turistas no tienen, lo que de alguna manera nos sitúa sobre ellos, pisamos terreno más firme.

Y luego es de obsesión tratar de descubrir en cada templo, en cada rincón, si está allí San Jorge, ¡y claro que está!, no falta en ninguna iglesia antigua. Para el grupo yo era ese señor que busca a San Jorge, en una mezcla de curiosidad y de afirmación de nuestro ser; y la obsesión se les contagia, hasta el extremo de que me ayudan, y entre gestos compasivos y miradas irónicas me van indicando: «mire usted, señor, allí está San Jorge». Y no tengo más remedio que irles contando la historia y leyenda del Santo y por qué San Jorge es nuestro Patrón.

En la ciudad de Cluj-Napoca, en un parque junto a una iglesia reformada del siglo XV, fundada por Matías Corbino, se encuentra una estatua ecuestre de bronce de San Jorge y el dragón, copia que hizo para su ciudad natal el escultor que realizó la estatua de San Jorge que se encuentra en el Castillo de Praga. Había que verla, convencí al guía, que fuera de su ruta, tiró del grupo que, rezongando por lo bajines, se aprestó a contemplar el monumento después de larga caminata por las calles de la ciudad.

Por supuesto que la emoción del encuentro con San Jorge en otras tierras tiene un mayor encanto en un bañerense que en un alcoyano, porque la iconografía que se ve es la del dragón, que es la suya, y no la del Matamoros, según la especial invocación alcoyana de su historia generada a mediados del siglo XIX, donde la espiritualidad del ideal caballeresco cristiano de la lucha contra el mal –el dragón- se ha transformado en la representación real y plástica de lo que fue la epopeya de la Reconquista, de la que era adalid en Aragón, como Santiago lo fue en Castilla. Pero todo esos es otra historia.

Al norte de la región de Moldavia, núcleo originario de la actual Rumanía, en la Bucovina, durante la época de Esteban el Grande y sucesores, finales del siglo XV y en el siglo XVI, surge uno de los más fabulosos tesoros artísticos de la Humanidad, el conjunto de monasterios de Voronet, Sucevita, Moldavita, Humov, Arbore, etc…, con sus pinturas al aire libre, frescos que llenan todas las fachadas exteriores, y también los muros interiores, siguiendo la corriente bizantina, desde el techo al suelo, en una orgía de colores y escenas, y en este caso con predomino de un color como fondo: el azul en Voronet, el verde Arbore, el amarillento en Suceavita.

Los frescos son una verdadera «Biblia ilustrada» con representaciones del Juicio Final que ocupan toda una fachada, el árbol de Jeseo o genealogía de Jesucristo, la representación del sitio de Constantinopla (la lucha contra los turcos fue también obsesión de los cristianos ortodoxos).

Las iglesias ortodoxas antiguas son en general pequeñas, y las de estos monasterios medievales apenas tiene 30 ó 40 m. de largas, por 6 ó 7 de anchas, todas ellas con la misma estructura de pórtico, pronaos y naos donde está el altar; con tejados de grandes aleros, rematados por una o dos torrecillas. Y se pintaban los muros exteriores con la finalidad práctica de enseñar con la pintura las verdades de la fe a la población campesina, generalmente analfabeta, que no cabía en el interior. No olvidemos que esculturas no hay ninguna, porque los bizantinos las reprobaron por aquello de la cuestión iconoclasta.

Entre tantas escenas bíblicas y de santos, entre tantos millares de pinturas, no podía faltar en tales iglesias la representación de San Jorge, que efectivamente aparece de múltiples formas: como cortesano del emperador, o en el cortejo de los santos militares (Jorge, Demetrio, etc…) o en la leyenda del dragón y la princesa.

San Jorge, que es el patrón de Moldavia, es el santo titular de la iglesia de Voronet, la más importante de ese conjunto artístico, por eso su efigie aparece en el naos, en el iconastasio, en el altar, y por eso la escena votiva –frente al altar-, donde se representa al fundador del monasterio, Esteban el Grande y su familia, ofreciendo a Jesucristo la maqueta del templo, lo hace por la intercesión de San Jorge, titular del templo, que rodea con sus brazos al Rey en señal de protección. En un fresco exterior, junto a la esquina del atrio, se representa la leyenda del dragón.

En otras iglesias, como la de Arbore, en la fachada occidental, la leyenda de San Jorge se halla representada con grandes detalles: su cabalgata, el recibimiento que le hace el emperador, el banquete que le ofrece. En Moldovita, en los frescos exteriores, aparece con un dragón echando llamas por la boca.

Pero quizás donde la vida del Santo esté mejor representada es en la parte izquierda del pronaos de la iglesia del monasterio Sucevita, quizás el monumento moldavo con mayor profusión de imágenes. Allí se representa la vida y martirio del Santo, al menos 10 paneles a lo largo de todo el pronaos con un realismo impresionante. Y por supuesto se halla en el iconostasio en lugar preferente del altar.

En fin, para qué seguir. Contemplar las pinturas de las iglesias de los monasterios moldavos, frescos exteriores que se conservan bien después de cinco siglos, anonadan al viajero, su grandiosidad se nos cae encima ante la imposibilidad de abarcarlos. En todos ellos está profusamente representado San Jorge, su historia, su leyenda… Encontrarlo entre millares de pinturas requiere paciencia o que los guías nos lo indiquen, y tiempo del que carece el viajero, condenado siempre a seguir, a seguir adelante tras el guía, es un lucha contra el reloj que es su peor enemigo.

A pesar de lo fugaz de las visiones, se da uno cuenta de la enorme importancia que tuvo San Jorge en el mundo cristiano de los ortodoxos en los siglos XIV al XVII. Y Rumanía es todavía hoy testimonio con sus recuerdos, de aquella devoción y admiración al Santo Caballero, prototipo del ideal caballeresco cristiano de aquellos siglos.

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