El nostre Sant Jordi


Adrian Espi Valdés (Cronista perpetuo de la fila de Navarros, Alcoy)

Los símbolos, las leyendas, los mitos cuando cobran un sentimiento de rito y liturgia, cuando son asumidos por el pueblo, cuando forman parte total y absoluta de una colectividad, hay que tenerlos y entenderlos como algo trascendental y vertebrador, capaz, de suyo, de diseñar y hasta justificar la historia de ese pueblo o de ese mismo colectivo.

Vamos a dejar, tal vez para otra ocasión, el tema de la “veracidad” histórica del santo capadocio, martirizado por el emperador Diocleciano. La “Leyenda Aurea” ha perfilado su entorno. Las historias de los cruzados en Tierra Santa han propiciado su fama en occidente. Los reinos cristianos más avanzados – Inglaterra, Alemania, Aragón, Venecia – han tomado como santo y seña de su identidad la imagen del joven debelador de dragones alados. Y lo cierto es que Jorge de Capadocia, San Jorge, asciende a los altares gracias al voto popular de los hombres que ven en él el espejo de las virtudes, la nobleza y la valentía.

Ya en la antigüedad Horus hacía lo mismo, y más cercano a nosotros Perseo repetía la hazaña. Los mitos se cristianizaban, pues, pero el personaje era muy distinto y muy otro. San Jorge cobraba una dimensión humana, era testigo de Cristo – y por testigo y confesor, mártir – y era protector de las gentes que se dedicaban a la agricultura. Su mismo patronímico así lo indica: tierra, campo, el agro, la labor cansina y fecunda del hombre entregado a una de las más antiguas tareas. Pero, a la vez, príncipe de paz ante la princesa amenazada por los dentellones de un reptil terrible y voraz.

Se tendrá que estudiar bien y con detalle la iconografía del santo para ver y comprobar cómo y de qué modo su figura – mito, leyenda, rito y símbolo – va adquiriendo una consistencia: Pablo Ucello, Mantegna, Pisanello, Rafael Sanzio, Carpaccio, Donatello, Durero, Cranach, Rubens… hasta llegar a las más modernas interpretaciones icónicas, nos ofrecen un caudal de elementos. Y, aparte queda toda la amplia tradición bizantina, las diferentes versiones griegas del santo – San Jorge es patrón de Atenas –, la estatuaria medieval. Tablas, bajorrelieves, estatuillas de marfil, cobre o coral, que reproducen una y otra vez, con ligeras variantes o con interpretaciones muy diferentes, todo lo que se sabe y se conoce del luchador cristiano. Este caballero que representa el bien frente al mal, la luz frente a la oscuridad, la juventud frente a la senilidad, el heroísmo frente a la cobardía taimada, la generosidad frente al egoísmo…

Cuántas lecturas tiene la amplia y universal iconografía del Nostre Sant Jordi. El del dragón, el más extendido, y el que ataca a los ejércitos contrarios, las mesnadas muslímicas, quizá más restringido e incluso localista, a pesar de esa excepcional obra de Marçal de Sax, del siglo XV, en el museo Victoria y Alberto de Londres, lugar, sin duda, donde tendríamos que peregrinar todos los “georgistas” del mundo, en un acto devocional de fe y de emoción al mismo tiempo.

San Jorge luchaba con daga, espada, saeta o simplemente luz – la luz que emana de su presencia física y hermosa – contra los enemigos. Otra vez el símbolo y el mito, pero al fin y a la postre vehículo de expresión, diálogo abierto del hombre con la Providencia, del hombre con su Creador, por medio e intercesión de sus santos y mártires, interlocutores válidos y constantes.

Es así, alanceando dragones o derribando moros, como San Jorge se convierte en modelo de caballero cristiano, protector de los ejércitos que viene a desempeñar y aun a superar el papel atrubuido a Santiago en los reinos occidentales de la península. “No es extraño, en consecuencia, que se le invoque en el fragor del combate contra los musulmanes…”, señala Cortés Arrese recientemente. “¡San Jorge y Aragón!” y “¡Sant Jordi, firam, firam!”, frente a ese limitado “¡Santiago y cierra España!”, Y ¿por qué no? “¡”Sant Jordi per Bañeres!” o “¡Vitol per el patró Sant Jordi!” y también el “¡Per Alcoi i per Sant Jordi!” que tiene y presenta amplios registros devocionales y capacita a la gente, al pueblo, hacia la gratitud, la emoción, la alegría, el hermanamiento o la “germanor”, el vertebramiento y aun la propia identidad.

Es, así es, “El nostre Sant Jordi”.

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