San Jorge Mártir -Palabra de Dios-


José Soler

De algunos de nuestros más grandes santos –como de San Jorge o de San José, por ejemplo– no nos han llegado palabras ciertas. Nos han llegado sus obras, más sonoras y elocuentes que cualquier voz. Al mártir le parece que, hasta entonces, su vida no ha sido más que una palabra vacía, y el martirio le ofrece la ocasión de ser y coinvertirse en una Palabra de Dios, una palabra real como el Verbo. “Si os calláis respecto a mí, si me dejáis morir –dice San Ignacio de Antioquía–, seré una palabra vacía”. San Jorge es también hoy, para todos nosotros, una Palabra de Dios, que nos llama a seguirle, con su vida y con su ejemplo.

Martirio equivale a testimonio. El mártir es un testigo cualificado de la fe en Cristo. Está tan penetrado de su fe, se adhiere a Él con tal fuerza, que es capaz de sacrificar su propia vida. Como dijo San Agustín, “el mártir vive con la Verdad y muere por la Verdad”. Vivir con la Verdad es vivir con Cristo: solamente el que vive intensamente con esta Verdad viviente es capaz de morir por ella.

Al mártir no le hace la pena, sin la causa. No es el dolor ni la muerte lo constitutivo del martirio, sino la causa: morir por o renegar de de Jesucristo. Por eso el martirio tiene un sentido enteramente cristológico. Los mártires eligen a Cristo antes que a los dioses o al Emperador romano divinizado.

La mística de los primeros cristianos es la mística de Cristo. Está hecha de de una fe sencilla y total, una fe que excluye cualquier duplicidad y vacilación, que no conoce dudas ni segundas intenciones, que se identifica con su mismo ser. Los primeros cristianos estaban orgullosos de Cristo y de llevar su nombre, su patria, su raza, su familia, y a todo responde; “Soy cristiano”. Los paganos no oyeron ninguna otra palabra.

Diríase que se sentían y estaban fuertemente enamorados de Cristo, de ese Cristo que, una vez resucitado, ya no muere, que nos hadado todo lo que somos, que nos llama, que nos espera, que nos atrae mediante su amor hacia nosotros, y hacia el que tiende nuestro amor. Por eso San Pablo decía: “Deseo ser liberado de este cuerpo de muerte y estar con Cristo”.

Los mártires no aceptan la muerte por sentirse frustrados, por desprecio a la vida o a las cosas. El mártir auténtico desea morir por estar con Dios más plenamente, por impulso de la caridad, que le urge a amar a Dios más que a todas las cosas. El mártir valora al mundo desde su fe y quiere ser discípulo de Cristo con todas sus consecuencias; vive para los demás y acepta morir por ellos como su Maestro.

El martirio es así un seguimiento de Cristo, una imitación de su Pasión. “Permitidme –dice San Ignacio- ser imitador de las Pasión de mi Dios. Hemos de esforzarnos en imitar al Señor, porfiando sobre quién podrá sufrir más por su amor. Pues es necesario no sólo llamarse cristianos, sino serlo”.

¿Cuál es el verdadero discípulo de Cristo? Aquel que no pone ningún límite a la imitación de su Maestro. Este es el espíritu del que vivían las primeras generaciones cristianas, las que formaron los Apóstoles y sus discípulos, el que animó la vida toda de nuestro patrón San Jorge. Creer en Cristo era para él elegirle con exclusividad, estar dispuesto a darlo todo por El. Era vivir cada día la palabra de Jesús: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga”. Esta es la única forma de ser cristianos. Porque no logra su vida el que se apega al propio yo, sino el que se da y entrega generosamente, como Jesús, por sus hermanos.

La sangre de los mártires es semilla de cristianos, no sólo porque nos dan buen ejemplo, sino porque de su virtud heroica participamos todos los que tenemos la misma fe por la comunión de los santos. Todos, antiguos o modernos, nos favorecemos de los méritos de los mártires. Su fortaleza nos sostiene a los débiles. Su sacrificio nos ayuda a ser mártires cada día, aceptando con amor la cruz de la existencia. Su decisión nos impulsa a no malgastar la vida en cosas intrascendentes, sino a llenarla de peso y de valor por el seguimiento de Jesús.

Newman ha dicho que “las mejores páginas de nuestra vida están escritas por los otros”. Nunca mejor aplicada la idea que en esta ocasión. Porque las mejores páginas de la historia de Bañeres y de cada bañerense están escritas sin duda por nuestro Patrón San Jorge. Que su vida y su muerte, palabra de Dios para nosotros, continúe su siembra de amor y de verdad en la tierra fértil de nuestra bendita ciudad y que calladamente, como él nos enseñó, nuestras obras griten el amor de nuestra fe.

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